¡Cuidado: él es un inmigrante!

     Como humanidad tenemos una afección desmedida hacia la taxonomía, nos especializamos en definir todo y colocar todo en pequeños conceptos, sufrimos un “encasillamiento” crónico. Nadie nos ha preguntado si nos gustan los conceptos en los cuales cabemos o nos hacen caber, pero ahí estamos.

Nadie me ha preguntado si me gusta ser determinado como “inmigrante”, pero el adjetivo es tan calificativo que lo porto sobre la espalda desde el momento que decidí salir de casa. Si el inmigrante es la persona que deja su lugar de origen, entonces desde el momento en que nos movemos de provincia, comunidad autónoma, departamento, distrito, parroquia o simplemente nos cambiamos de barrio ya entramos en esta locura de la taxonomía aplicada y nos transformamos en un inmigrante, en un extraño que acaba de llegar.  

Ofrecer una definición del concepto de migración es una tarea titánica, los estudiosos del área ofrecen diversos factores por los cuales se puede considerar a una persona como parte del fenómeno migratorio, pero en general no existe un consenso. Algunos hablan de la migración como una decisión personal y un deseo propio de cambiar su lugar de residencia, en lo personal esta visión me parece simplista y sesgada, la historia nos ofrece múltiples ejemplos sobre grupos humanos que padecieron y padecen de “migraciones forzosas” debido a la violencia, catástrofes naturales, golpes de estado o a situaciones de subdesarrollo, desigualdad y desempleo.

Otras discusiones se centran en conceptualizar el tiempo mínimo que se debe residir en el país de acogida un ciudadano para ser considerado inmigrante, movimientos humanos como la llegada de trabajadores temporales, estudiantes o grupos como los gitanos caldean las discusiones sobre este tema. “La falta de una definición clara y precisa del término “migración” se ha llegado a reflejar en datos de tanta importancia estadística como los de la UNU, para cuyo organismo las migraciones no comprenden a los refugiados políticos” (Carassou, 2006, p. 22)    

Precisamente a esta ambigüedad sobre los alcances de la migración se le suma lo peyorativo y despectivo que se ha vuelto el concepto, el inmigrante es relacionado, sin fundamento, como aquel individuo de bajos recursos económicos, que satura los servicios sociales como educación y salud, que salta muros y fronteras de manera ilegal, que acapara ayudas y subsidios sociales, viven en las zonas urbano marginales, presentan bajos niveles educativos, son violentos y “roban” el trabajo a los locales. En síntesis, los migrantes son vistos como personas que aportan poco al país de acogida, incluso se puede llegar a considerar que se hace urgente luchar y evitar la llegada de olas migratorias. Muchas de las anteriores percepciones son alimentadas por los medios de comunicación, los movimientos políticos y sociales extremistas y por la desinformación que abunda en redes sociales. Cuando no hay a quien culpar, se culpa a los migrantes: ellos son la causa del aumento del desempleo, de la inseguridad ciudadana y de las crisis económicas.

En los países de inmigración de Europa occidental el tema de la migración provoca frecuentes disputas políticas y político-partidistas, y se emocionaliza contantemente, ya que se define como un problema que hay que extirpar de las sociedades. En contraste, la conclusión a la que llegan las Ciencias Sociales es que la migración es un fenómeno que los estados nacionales ya no pueden controlar ni canalizar eficazmente, porque -al igual que las mercancías, los servicios y el capital- está sujeto al proceso de globalización (Birsl & Solé, 2004, p. 7).       

Precisamente esa es la razón principal por la cual se puede considerar que el adjetivo de inmigrante tiene un peso peyorativo tan fuerte, el ser considerado migrante es a su vez cargar con estigmas y ser objetivo de movimientos racistas y discriminatorios. Si el mismo acto de migrar implica una alta cuota de sufrimiento y desarraigo, a esto se le debe de agregar el dolor que se vive al ser testigo de actos de rechazo por motivos de origen, costumbres y cultura.  

No es de extrañar que es este panorama las estadísticas apunten a que una buena cuota de actos de discriminación responde a causas relacionadas con el origen étnico y la cultura, regiones del mundo como Norteamérica y Europa, quienes captan buena parte de las olas migratorias contemporáneas, son los escenarios más frecuentes de estos movimientos xenófobos y de rechazo a los inmigrantes. España no escapa a esta realidad, “todas las investigaciones, estudios y datos disponibles en la Unión Europea muestran que entre los múltiples motivos por los que se discrimina en España, uno de los más frecuentes es el origen racial o étnico de las personas” (Fresno & Chahin , 2011, p. 34)

            No importante la vía que se utilizó para migrar, el tipo de visa con el cual se viaja o el tiempo que se desee estar en un nuevo país, siempre la decisión de cambiar el lugar de residencia tiene que ser visto como un ejercicio que se hace desde el dolor y el sufrimiento, pero no todo está resuelto cuando se alcanza el nuevo país de acogida, por el contrario, ese dolor y sufrimiento se puede agravar cuando se descubre que el ser migrante es sinónimo de rechazo. Antes esto, ¿Quién quiere ser llamado migrante? O mejor dicho ¿Quién debe ser llamado migrante?


Bibliografía. 

Birsl, U., & Solé, C. (2004). Migración e interculturalidad en Gran Bretaña, España y Alemania. Barcelona: Anthropos.

Carassou, R. H. (2006). La perspectiva teórica en el estudio de las migraciones. México: Siglo XXI.

Fresno, M., & Chahin, A. (2011). La discriminación racial o étnica percibida por la población inmigrante. Documentación Social, 31-56.



Imagen tomada de: https://www.astrolabio.com.mx/tag/muro-fronterizo/


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