¿Quién sufre más?


Desde las cuatro de la madrugada doña María está de pie, a sus 67 años se despierta antes de todos y vuelve a la cama después de todos, muele el maíz, prepara tortillas y café para los integrantes de su hogar. Doña María es el alma de su casa, su ausencia dejaría sin vida a esta humilde vivienda escondida por la espesa selva del Petén de Guatemala, en su hogar vive con su esposo y sus dos hijos.

Hoy, como cada día, doña María entra a una de las habitaciones, a solas la contempla, todo está puesto en su mismo lugar desde hace tres años, la habitación es de Milagros, la hija menor de doña María, precisamente desde hace tres años no se ven, las ha divido el tiempo y los miles de kilómetros que separan a su aldea con la ciudad de Chicago en Estados Unidos. El corazón de doña María se hace un puño, lagrimas, recuerdos y suspiros materializan el dolor de los que se quedan y de los que viven lejos.

En un mundo donde vivir en sociedad es sinónimo de interconexión y globalización, personalmente me parece que el fenómeno de la migración se ha idealizado, más allá de ser claros de que nos llega información sobre el sufrimiento de los inmigrantes en el Mediterráneo y de las caravanas que parten desde Centroamérica con el repudio de los gobiernos de la región, reitero, a criterio personal considero que espacios como las redes sociales no muestran todos los ángulos de la realidad que se vive al decidir migrar, porque no solamente son los suplicios del viaje, también hay que aunar en los sufrimientos que implica no hablar el idioma del país de acogida, tener que coexistir en una sociedad con expresiones culturales diferentes o sobrellevar el duelo de la separación física de sus seres queridos.    

Cuando una persona decide abandonar su región o país de origen hay un amplio número de razones por las cuales se toma esta decisión, ya sea por temas socioeconómicos, políticos, ambientales o incluso académicos, en todos los casos los inmigrantes se enfrentan a situaciones en su nuevo lugar de residencia tan apremiantes como la decisión de migrar o el viaje mismo. Se puede entender el deseo de migrar como esa opción para alcanzar una mejor calidad de vida, pero ¿Se está preparado para el sufrimiento del desarraigo? ¿Se presupuesta el dolor de vivir lejos de casa, de la familia y de los amigos? ¿Se tiene conciencia del impacto que causa la ausencia de un ser querido dentro de su núcleo familiar y social?

El profesor de la Universidad de Olavide, Valentín González Calvo en su artículo denominado “El duelo migratorio” (2005) asegura que la migración también debe ser entendida como un duelo, por todo los sufrimientos que puede vivir la persona al sentirse fuera de su país, cultura y sociedad, este proceso es llamado “síndrome de Ulises”, en honor al mítico viajero de la Grecia antigua, este concepto se utiliza para “expresar el malestar, la desesperanza, el desánimo, la depresión, el sufrimiento... que sienten muchos inmigrantes por estar lejos de los suyos” (González Calvo, 2005, p. 79).

Este mismo autor asegura que el proceso de migrar puede estar “idealizado” porque se tienen altas expectativas hacia el país donde se ha decidido migrar, hay que recordar que los inmigrantes, principalmente los indocumentados, tienden a ser contratados en los trabajos más duros físicamente que incluso los ciudadanos locales evitan, también los recién llegados podrían ser víctimas de condiciones de explotación, vivir en hacinamiento, encontrar problemas para integrarse a la sociedad local y formar nuevos lazos afectivos, vivir situaciones de frustración al ser profesionales que forman parte de la mano de obra no calificada, entre otras situaciones.

El profesor Valentín González Calvo aporta algunas citas sobre historias de vida de los inmigrantes, considero de mucha riqueza compartir algunas de ellas.

“Cuando comenzó ese boom que la gente salía... y era bonito que algún amigo tenía la suerte de ir a otro país, me imaginaba que esto era el paraíso, y que solo venía la gente con un estatus social alto, o que cuando venías para acá era como te tocaba la lotería”. “El viaje fue muy triste, conseguí una habitación con tres más, pero estuve los primeros cuatro días sin comer, no tenía para comer, triste por dejar mi familia” (2005, p. 79)  

Migrar es sinónimo de incertidumbre e inseguridad, no se tiene claro qué se va a hacer cuando se llegue al destino, a dónde se va a pasar la noche, cómo conseguir un empleo o los procedimientos legales para afrontar la burocracia en el nuevo país. Ante este escenario tan incierto y donde es necesario luchar a diario contra tantas dificultades es fácil comprender que, luego de transcurrido algunas semanas después de haber alcanzado el país meta, el inmigrante se enfrente a cuestionamientos personales internos sobre las verdaderas razones que lo motivaron a hacer el viaje y si de verdad está mejor ahí que en su país, al final se termina añorando su nación de origen y extrañando los círculos sociales de apoyo, junto con la “estabilidad” que dejó atrás.   

No se puede entender el fenómeno migratorio disociándolo de los sentimientos de tristeza y miedo, sensaciones que se experimentan desde el momento mismo de tomar la decisión; al hacer el viaje y alcanzar el destino cuando los países de origen y de llegada son tan distintos y distantes como la diferencia existente entre Filipinas y Noruega es fácil comprender las dificultades de enfrentar el impacto y el trauma cuando se decide empezar una nueva vida lejos de casa.  

Dolor y sufrimiento, esas son las realidades a las que se enfrentan los inmigrantes a su llegada a la “tierra prometida”, es necesario aclarar que no en todos los casos ocurre esto porque hay que acotar que la acción de migrar se realiza desde una amplia gama de posibilidades, por ejemplo, no son las mismas situaciones a las que se enfrentará un ciudadano centroamericano que decide migrar a Estados Unidos caminando como parte de una caravana, que la de otro ciudadano centroamericano que debe migrar a América del Norte por una oferta laboral profesional, posiblemente esta persona domina un segundo idioma y migrará con toda su familia, lo que facilita el proceso de integración a la nueva sociedad.

En el caso de los ciudadanos que se lanzan a la aventura de dejar todo para cambiar de país en busca de una vida mejor, el proceso de migración también puede significar momentos de depresión y cuestionamiento constante por lo dejado atrás. 

Esta etapa depresiva lleva incorporado varios factores: la adaptación idiomática que lleva incorporado un cambio de identidad, supone entre otras cosas aceptar y/o desprenderse de o adaptarse a ciertos usos del país de origen; otro aspecto es la bajada de status social (el último que llega es el último en la cola para todo), un tercer factor es la disminución de la imagen social del sujeto respecto de terceros y de sí mismo. La disminución de la imagen de sí mismo reflejada en el espejo colectivo es muy importante para el individuo (González Calvo, 2005, p. 83).

   ¿Y qué pasa con los que se quedan? ¿A qué situaciones de nostalgia y dolor se enfrentan las madres, padres y familia en general de los inmigrantes? ¿Cómo superan los sufrimientos estos individuos?, para contestar esta pregunta debemos de retornar al caso de doña María, con el que se abrió la presente reflexión; para muchos padres ver partir a sus hijos hacia el extranjero es también tener que aceptar que las expectativas que tenían sobre ellos no se van a cumplir, en regiones como América Latina la familia se entiende como un núcleo cercano y no se presupuesta que algún individuo viva lejos de este núcleo y más aún en el extranjero.

Algunos de los temas investigados sobre el impacto del proceso de la migración en la estructura familiar es el fenómeno denominado como “familias transnacionales”, este se da cuando los padres deciden migrar pero dejan a sus hijos en su país de origen, muchos investigadores han apuntado a que los niños al crecer sin sus figuras de autoridad y en un constante dolor por la lejanía de sus progenitores pueden tender al desarrollo de vicios, presentar hábitos de compradores compulsivos o terminar integrando grupos pandilleros, pero en otros casos los hijos de padres migrantes tienen una concepción positiva sobre el objetivo de la migración y aprovechan las remesas para construir un proyecto de vida familiar que colabore en el retorno de sus progenitores.    

La investigadora Sonia Parella (2007) citada por Yolanda Puyana Villamizar y Alejandra Rojas Moreno (2011) ha estudiado este fenómeno de niños que han crecido en Sudamérica con padres migrantes viviendo en otro país o continente, ella asegura que se

Encontró niños y niñas deprimidos, que lloraban por la ausencia de sus padres, quienes manifiestan el resentimiento, la rebeldía y la lejanía afectiva. El caso contrario se encuentra en los niños que se sienten partícipes de los beneficios económicos obtenidos por sus progenitores; asumen su proyecto migratorio como algo propio y se hacen más responsables (Puyana Villamizar & Rojas Moreno, 2011, p. 99)

En síntesis, la migración es un proceso complejo, idealizar esta como un asunto ajeno al sufrimiento y al dolor seria ser impreciso, la reflexión anterior mostró como el migrar, y dependiendo de las circunstancias en que se realice esta, puede desembocar en vivencias de duelo, pero esto no solamente se limita al inmigrante si no también afecta al grupo familiar en el país de origen, se requieren estudios y esfuerzos que aborden y amplíen nuestros conocimientos sobre estas realidades, tanto para el inmigrante como para su núcleo familiar.


Bibliografía. 

González Calvo, V. (2005). El duelo migratorio. Trabajo Social , 77-97.

Puyana Villamizar, Y., & Rojas Moreno, A. (2011). Afectos y emociones entre padres, madres e hijos en el vivir transnacional. Trabajo Social, 95-110.

  

Imagen tomada de: https://www.icrc.org/es/document/una-ruta-en-blanco-y-negro-camino-del-migrante-ecuador-peru-cicr




 


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